Cuentos Para Niños Rebeldes

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Ensayos
Cuentos para niños rebeldes

Estas historias o cuentos cortos son apropiadas para niños de entre 4 y 7 años. Hoy vamos a leer tres cuentos para niños rebeldes, es decir cuentos sobre niños que son desobedientes y lo que nos sucede cuando no queremos seguir las reglas. Estos cuentos cortos con moraleja nos enseñan a comportarnos de manera apropiada y comprender que la rebeldía es signo de inmadurez.

3 Cuentos Para Niños Rebeldes

Cuentos para niños rebeldes
Cuentos para niños rebeldes

El niño sin color

por María Alejandra Gómez

Benito Jiménez amaba los videojuegos. Cada minuto que tenía libre lo dedicaba a jugar en su celular, en el computador o en la televisión. Benito jugaba mientras iba de camino de la escuela a la casa y de la casa a la escuela. Jugaba también en las tardes, cuando llegaba de estudiar y los fines de semana, que era cuando más horas libres tenía. Sus juegos favoritos eran de fútbol, pero algunas veces también se divertía con los de aventuras. Le gustaban tanto que su piel estaba tan pálida como un papel, pues no salía de su casa, ni al parque, ni para ver la luz del día. De hecho, los pocos amigos que tenía eran amigos de videojuegos y con ellos no se conocía personalmente, solo por Internet.

Un día, el señor y la señora Jiménez, preocupados por Benito, decidieron regalarle un libro de cuentos. Sabían que si su hijo encontraba una forma diferente de diversión, él podría compartir con ellos y hablar sobre lo que había leído. Pero a Benito el regalo no le gustó y lo arrimó en una esquina de su habitación para continuar jugando.

Cuentos para niños rebeldes
Cuentos para niños rebeldes

Así que a partir de entonces, sus padres comenzaron a reprenderle, pues no soportaban que su hijo ignorara lo que le rodeaba por jugar todo el tiempo. A Benito estos regaños le molestaban muchísimo y cada vez que sucedían optaba por encerrarse en su habitación.

—Al menos los videojuegos no son tan aburridos como ustedes— gritó un día a sus padres mientras cerraba de un golpe la puerta de su dormitorio.

Ese mal genio de Benito pronto lo comenzó a trasformar. Una tarde, después de haber llegado del colegio, el niño notó, mientras sostenía el control de la consola, que sus dedos desaparecían. Al verlo no se preocupó demasiado, pues aunque estos estaban transparentándose como cuando alguien mezcla agua con coca cola, aún cumplían su función inicial: sostener el control para seguir jugando. Luego sus manos desaparecieron y también sus pies, pero para Benito algo bueno tenía este cambio, pues lo cierto es que tras iniciarse su trasformación las peleas con sus padres habían disminuido, y ahora le permitían jugar hasta las once de la noche en el computador y saltarse el desayuno para jugar en su celular cuando estaba en la mesa.

Pero esa tranquilidad de Benito no duró mucho. Una mañana, cuando se disponía a ir a su colegio, tras haber tomado una ducha de agua caliente, el niño notó que ahora su rostro estaba comenzando a desaparecer. Entonces, asustado, porque nunca pensó que desaparecería por siempre, bajó rápidamente las escaleras de su casa para buscar a su mamá.

—Mamá, mamá —entró gritando a la cocina.

La señora Jiménez preparaba el desayuno con tranquilidad, pero ante los gritos de Benito no hizo nada, ni si quiera dirigió su mirada al niño. Entonces Benito insistió. Haló un poco el delantal que ella llevaba puesto, pero la señora no se dio cuenta de su presencia y tampoco escuchaba sus palabras.

—Mamá ¿Qué hay de desayuno?— preguntó Benito. Nuevamente sus palabras fueron ignoradas. La señora Jiménez no le estaba preparando nada. Eso lo supo porque apenas había sobre la mesa de la cocina unas tostadas y una jarra de café y porque esos alimentos él jamás los tomaba al desayuno. El pan para él siempre venía con mantequilla de maní y jamás tomaba café, siempre tomaba leche achocolatada o jugo de manzana. Entonces fue en ese instante que la desesperación se apoderó de Benito, que subió nuevamente las escaleras, se dio un baño de agua fría, pero nada. Su rostro seguía haciéndose más trasparente. Entonces bajó nuevamente a la cocina. Pensó que como el café era oscuro podía devolverle su color, pero la decisión le supo amarga. Como última solución, se puso la crema corporal de su madre, pero al notar que tampoco servía para nada, sino que al contrario, hacia su cuerpo más blanquecino, Benito se echó a llorar como nunca lo había hecho en su vida.

Así, por unos minutos pensó en el tiempo que había desperdiciado jugando solo, no solo porque no tenía amigos de carne y hueso que comprendieran su tristeza, sino también porque no había nadie que le pudiera brindar ayuda. Entonces como temía seguir desapareciendo como un fantasma frente a la consola de video, fue a la esquina de su habitación y comenzó a leer El niño sin color, uno de los cuentos del libro que sus padres le habían regalado. Tras haber leído, Benito cayó en un sueño profundo del que luego fue despertado por su madre.

—Benito ¿Qué hiciste con mi crema?— preguntó ella muy molesta tras haber abierto la puerta de su habitación. Entonces el niño se levantó de la cama y observó que sus manos y sus pies habían regresado a su estado normal.

—Mami. Tengo que contarte una cosa sobre el libro que me regalaste— afirmó Benito con alegría, mientras tomaba a su madre de la mano y pensaba en la excusa que le daría. Ya sabía a esas alturas que prefería los regaños de ella y que había cosas más divertidas que los videojuegos.

Fin

El viaje de Gerónimo

por María Alejandra Gómez

Gerónimo el ternero soñaba con viajar por el mundo. En las tardes, cuando a su madre la ordeñaba el campesino, solía decirle que viajaría para descubrir nuevos lugares, porque solo en la distancia podría sorprenderse. Entonces, la vaca Estrellita, muy comprensiva, le decía que no se apresurara, porque el mundo era más grande de lo que creía, y porque además de los peligros que había, primero debía descubrir lugares más cercanos. Aun así, Gerónimo era inquieto, se movía mucho y escuchaba poco.

Cuentos para niños desobedientes
Cuentos para niños desobedientes

Un día, la vaca Estrellita le preguntó a Gerónimo si quería salir a dar un paseo con el toro, a lo que él se opuso. Así, aprovechando que estaba solo, emprendió un viaje a la línea del horizonte, ese lugar en el que el paisaje se termina y que no alcanzan a ver los ojos. Su plan consistía en ir y regresar en la tarde sin que su madre se enterara. Así, cuando se encontraba en lo que él creía que era la mitad del camino, Gerónimo se encontró con una culebra.

­­­—¿Qué haces acá, niño? —preguntó la serpiente.

—Vine a descubrir el mundo —respondió Gerónimo. —¿Puedes decirme cuánto me tardaré en llegar al fin del horizonte?

—Estas en territorio ajeno, niño. Además puedes tardar mucho en llegar allá, años. Si regresas a casa, si algún día lo haces, tus carnes dejarán de ser tiernas, claro, si no te conviertes antes en mi banquete— dijo la serpiente, que se lanzó a su cuello para atacarle. Aterrado, Gerónimo corrió y corrió, como nunca la había hecho en su vida y justo cuando se detuvo y se dio cuenta de que estaba a salvo, tomó la decisión de volver junto a su madre, pero la espesura de los pastos no le dejaba ver el horizonte para orientarse y emprender camino de regreso. Así, que justo cuando vio a un grupo de buitres que daban vueltas circulares en el cielo comenzó a bramar. Entonces uno de ellos bajó.

—Hola. Me llamo Gerónimo. Estoy perdido, busco a mi mamá, ella se llama Estrellita.

—¿Acaso me viste cara de niñero?

—No, señor. Solo quiero que me diga qué camino tomar para volver a casa.

—¿Ahora crees que tengo brújula? ¿No deberías tener tú una? Mira niño, vamos a hacer una cosa. Tú solo fija los ojos en el cielo. Si las nubes se mueven a la derecha, es porque se dirigen al norte y si lo hacen hacia la izquierda es porque se mueven al sur, con eso ya llegas a casa. Tú mantén los ojos bien fijos— dijo y emprendió vuelo. Dos minutos después, Gerónimo notó que el buitre y uno de sus secuaces se dirigían como balas hacia su rostro y justo cuando notó sus crueles intenciones, salió corriendo. Las aves le perseguían para arrancarle los ojos y como las energías del becerro se estaban agotando de tanto correr, pegó un salto tan largo que terminó cayendo en un espinoso arbusto.

Al notar que no podían entrar allí para arrancarle los ojos al becerro, los buitres decidieron marcharse y dejarlo solo a pesar de sus heridas.

La tarde comenzaba a caer y como la maraña de espinas no lo dejaba escapar, Gerónimo, abrumado por su fracasada aventura y sollozando fuertemente, comenzó a recordar los tiempos gratos al lado de su madre y cada una de sus advertencias.

De pronto, a la distancia escuchó que ella y el campesino le llamaban. Entonces bramó más fuerte hasta que lo rescataron de entre las espinas y cuando estuvo de nuevo cerca a su madre prometió escucharla todos los días.

Fin

El secreto de ser pájaro

por María Alejandra Gómez

Patricio el perico vivía junto a sus hermanos en la copa de una palmera. Era una ave afortunada, pues desde su casa podía observar el basto paisaje tropical en donde los atardeceres parecían pintados con acuarelas y las madrugadas con pasteles. Allá la abundancia era múltiple y en temporadas de cosecha de mango, los árboles se llenaban de canarios y loros que estremecían con sus cantos el silencio de la selva. Cuando esto pasaba, Patricio comenzaba a soñar con el día en que saldría del nido para ir a comer de los frutos, pues era un perico goloso que se aburría con frecuencia mientras esperaba la llegada de su madre que lo dejaba a él y a sus hermanos en vísperas del próximo bocado.

Cuentos Cortos para niños Desobedientes
Cuentos Cortos para niños Desobedientes

Un día la mamá de Patricio les llevó un poco de lombrices para la cena, pero a él ese tipo de alimentos no le gustaban.

­­­­—¿Cómo nos puedes traer esta comida tan fea? —dijo Patricio

—Hijo, las lombrices son proteínas. Las proteínas sirven para crecer. Si no crecen no podrán volar.

—Yo no quiero esta comida

—Entonces ve y busca tu comida— contestó ella, mientras el resto de sus hermanos se alimentaban ávidamente.

A la mañana siguiente, Patricio se despertó con un hambre feroz. Entonces al notar que su madre ya se había marchado decidió escapar del nido para salir a buscar mangos. A pesar de las advertencias de sus hermanos, el periquito bajó de la palmera poco a poco saltando por entre las hojas, pero justo antes de tocar tierra, hizo un movimiento en falso y cayó al piso golpeándose el pico. Una vez se levantó, sus hermanos le gritaron desde el nido para que regresara, pero él emprendió camino al árbol de mango con la ilusión de encontrar un fruto tirado. Tras haber dado varias vueltas al tronco, notó que los únicos dos frutos del piso ya tenían dueño. Las hormigas se habían apropiado de uno y los gusanos del otro. Entonces entró en razón y tomó la decisión de volver a la palmera, pero cuando llegó, la vio más alta de lo que él creía y cayó en cuenta de que no podría volver a subir.

Su madre, un tanto preocupada, pues no podía bajar para ayudarle porque tenía que cuidar, calentar y dar de comer a sus otros hijos, le ordenó volver inmediatamente. Pero para Patricio esto era imposible de acatar, pues además de tener mucha hambre no sabía volar.

—Vas a aprender a hacerlo. Solo tienes que tomar un poco de impulso, abrir las alas y regresar —dijo su madre desde lo alto de la palmera.

—Pe pe pero tengo mucha hambre mami —contestó Patricio sollozando.

—El hambre te hará comer —dijo ella.

Así pasó toda la noche y mientras Patricio seguía en el piso esperando para hallar una solución, vio emerger de la tierra una lombriz. Entonces pensó que debía comérsela, sin importar que le gustase o no, pues de no hacerlo seguiría allí postrado e incluso moriría. De esa manera se llenó de coraje, se acercó lentamente y la atrapó con su pico para engullirla en un solo bocado. Inmediatamente aparecieron más entre la tierra y repitió el proceso olvidándose de su sabor. Entonces justo cuando vio el amanecer le dijo a su madre que ya había comido pero que necesitaba saber bien cómo era volar.

—Cariño extiende las alas —ordenó. Patricio seguía paso a paso sus instrucciones— .Ahora solo tienes acuclillarte, impulsarte un poco y cuando tengas el viento a tu favor aletea y pon las patas hacia atrás.

Entonces Patricio voló y voló, pasó por el árbol de mangos y el guayabo y luego se dirigió a la copa de la palmera en donde vio en el nido a su madre y sus hermanos que le esperaban con ansias. Así, tan pronto aterrizó pidió a cada uno de ellos perdón por su soberbia afirmando que no volvería a despreciar nada que viniera de su casa. Pero ya era muy tarde para regresar al nido y la madre de Patricio le dijo que era tiempo de volar, al fin y al cabo ya había aprendido cuál era el secreto de ser un pájaro.

Fin

Aquí concluyen estos cuentos para niños rebeldes. Antes de ir a dormir, es importante reflexionar sobre si hemos sido obedientes hoy, escuchando y siguiendo las reglas e indicaciones de nuestros padres y maestros.

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Cuentos Para Niños Rebeldes
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